REFLEXIÓN - 2
La Virgen de agosto. La
fiesta más importante de María que celebramos a lo largo
del año y que en muchos lugares constituye su fiesta
patronal. Y sin duda es un buen momento para hacer
fiesta: en mitad del verano, cuando la vida parece
encontrarse en su mayor plenitud y potencia, se siente
como una invitación a la alegría, una invitación a
celebrar la vida. Y para los creyentes, resulta gozoso
hacerlo en nombre de aquella mujer de Nazaret que
aparece ante nuestros ojos como una imagen de persona
atenta, fiel, capaz de tirar adelante su vida con
decisión y sin miedo.
Precisamente hoy que la recordamos en su fiesta más
grande, el evangelio que acabamos de leer empieza no con
grandes declaraciones o alabanzas, sino, simplemente,
con una acción de buena amistad: María se entera de que
su prima espera un hijo y puede necesitar su ayuda, y se
va inmediatamente a visitarla.
Merece la pena celebra esta fiesta en mitad del verano.
Por la vida, por el sol, por las cosechas, por el gozo
de las vacaciones. Y por la vida honda que María pone
ante nuestros ojos. Una vida honda que se realiza
visitando a la prima que espera un hijo para ayudarla y
compartir su alegría. Y una vida honda que se realiza en
todo lo que Dios es capaz de hacer con los que viven con
el corazón abierto, con deseos de fidelidad, con amor a
la vida, con ganas de caminar.
Así pues, feliz fiesta para todos, y de modo especial
para las que celebráis hoy vuestro día, vuestra
onomástica, o tenéis a alguien en la familia que lo
celebre. Que María nos acompañe a todos hoy y siempre, y
a todos nos llene de esperanza.
¿Recordáis lo que hemos leído en la primera lectura?
Quizá alguien, al oír todo aquello de la mujer vestida
de sol y estrellas y del dragón de las cabezas y los
cuernos habrá pensado en historias de ciencia-ficción
con extraños seres de otras galaxias. Y, sin embargo, la
primera lectura no nos contaba ningún cuento, Sino que
precisamente nos explicaba, intentaba explicarnos, el
porqué de la fiesta de hoy; y mejor aún, nos explicaba
por qué los cristianos creemos que la vida de los
hombres es toda ella una llamada a la fiesta, a la
alegría. Y nos lo explicaba quizá del mejor modo que
esas cosas pueden explicarse: con imágenes, como una
historieta.
Una mujer llena de luz, una mujer que reúne todas las
esperanzas de los hombres, toda la historia de ilusiones
y desencanto de los hombres, todo el camino que la
humanidad entera ha realizado desde el principio con sus
aciertos y sus dificultades Y de ahí, de esa mujer, de
esa historia, con el dolor de un parto, nace un niño, un
hijo que va a cumplir todas esas esperanzas. Un niño que
se pone al frente de la humanidad para conducirla, para
guiarla. Un niño que es el Mesías y que es al mismo
tiempo todos aquellos que con la fuerza del Mesías se
esfuerzan por construir esas esperanzas, colaboran en
que se haga realidad ese sueño de vida que la humanidad
alimenta en el fondo de su corazón.
Y luego viene la segunda parte de la historia: el dragón
esperando enfrente de la mujer, enfrente de la
humanidad, dispuesto a tragarse el niño en cuanto
naciera, dispuesto a hacer imposible que las esperanzas
de los hombres se conviertan en realidad. El dragón, la
bestia, todo aquello (la cerrazón, el ídolo del dinero,
la envidia, el afán de dominio de los hombres y las
naciones), todo aquello que en el mundo impide que los
hombres puedan vivir de verdad el gozo y la fiesta de la
esperanza, el gozo y la fiesta de Dios. Y no sólo eso:
también la enfermedad, también la impotencia ante
nuestras limitaciones, también, finalmente, la muerte.
Pero la conclusión de todo no será -dice la lectura- la
victoria de la bestia. La conclusión, nos dice la
historia, será la victoria de Dios, la victoria de aquel
hijo, la victoria, en definitiva de la mujer.
Al final ganará la esperanza, ganará la promesa de Dios,
ganará, en definitiva, la humanidad. Y esto, lo que la
Palabra de Dios nos contaba hoy en esa especie de
visión, es lo que los cristianos creemos y anunciamos y
luchamos para que sea realidad. Y estas palabras gozosas
tiene especial sentido escucharlas hoy, en la fiesta más
grande de la Virgen. Porque ella, la mujer abierta a la
obra de Dios, la mujer que ama y obra con sencillez, la
mujer que cuando se entera de que su prima espera un
hijo se va en seguida a visitarla, es también, como la
mujer que representa a la humanidad entera, la mujer que
lleva dentro de sí todas las esperanzas, todas las
ilusiones de la vida. Y podemos decir que ella es la
mujer vestida de sol y estrellas que da a luz ese hijo
que el mundo espera.
Ella es la imagen de la humanidad, ella es la imagen de
la Iglesia, ella es la imagen de todos los que creen que
la bestia no podrá devorar al niño, sino que al final va
a ganar Dios, va a ganar la humanidad. Por eso ella, en
nombre de todos nosotros, proclama en casa de Isabel las
palabras gozosas que acabamos de escuchar en el
evangelio (las palabras que luego vamos a cantar con
ella en la comunión).
Hermanos, feliz fiesta para todos. Alegría y esperanza
para todos con Jesús, el Mesías y con María, su Madre.
J. LLIGADAS
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